ENTRANDO EN LA MENTE DEL ASESINO SERIAL “La esencia del mal”

Entrando en la mente del asesino serial:

“La esencia del mal”

La definición comúnmente aceptada de asesino serial es la de una persona que ha matado al menos en tres momentos y lugares diferentes separados con nitidez y mediando un espacio de tiempo suficiente entre uno y otro crimen. Por suficiente debe entenderse que no sean muertes simultáneas, sino espaciadas enintervalos que pueden ir desde varias horas hasta días, meses e, incluso, años.

La definición fue elaborada por el Departamento de Ciencias de la Conducta del FBI para distinguir entre los asesinos múltiples (mass murderer), aquel que mata a cuatro o más personas en un solo acto de violencia y en un mismo escenario; de los asesinos en serie (serial murderer). Así, la masacre de Columbine, la escuela de secundaria en Colorado (Estados Unidos) donde el 20 de abril de 1999 Eric Harris y Dylan Klebod, de 18 y 17 años de edad respectivamente, mataron a tiros a 15 personas e hirieron a otras 24 pertenece a la primera categoría, mientras que los cinco asesinatos oficiales cometidos por Jack el Destripador, entre agosto y noviembre de 1888 en el londinense barrio de Whitechapel, se encuadran en la segunda.

Entrada a la sede del FBI en Quántico, lugar de entrenamiento para nuevos reclutas.

De este Departamento de Ciencias de la Conducta del FBI hablaremos profusamente a lo largo del extracto del libro, pero por ahora baste decir que sus integrantes son los mayores expertos mundiales en cuanto a criminales seriales se refiere. Y no sólo en lo relativo a asesinos, también a violadores o pirómanos.

El departamento se encuentra ubicado en la central del FBI en Quántico (Virginia) y para que nos resulte más familiar basta con ver la película “El silencio de los corderos(Jonathan Demme, 1991). Si recuerdan, nada más comenzar el filme nos encontramos con la protagonista Clarice Sterling (Jodie Foster) entrenando en una zona boscosa y acto seguido penetrando en unas oficinas. Bien, esas oficinas son el mencionado Departamento de Ciencias de la Conducta, hoy rebautizado como Unidad de Apoyo Investigativo (BSU). Al no lograr la autorización del FBI para filmar en sus instalaciones, el director optó por recrearlas en el plató al milímetro, con lo que ya sabemos cómo es esta unidad por dentro.

La BSU nació en 1974 gracias a la iniciativa de dos agentes especialmente concienciados con el problema de los asesinos seriales, Howard Teten y Pat Mullany. Hasta ese instante, los crímenes cometidos por los serial killer, como también se les denomina, recibían el nombre de «asesinatos cometidos por desconocidos» para diferenciarlos de aquellos en los que las víctimas morían a manos de algún conocido, generalmente un familiar. Y es que muy poco o casi nada se sabía sobre ellos en aquel tiempo.

Como se ha dicho en la presentación, asesinos seriales los ha habido siempre, aunque no siempre se les ha considerado como tales. Hasta bien entrado el siglo XIX, los familiares y vecinos de las víctimas no podían asimilar que una persona actuase con tanto sadismo y desprecio por la vida humana. La única explicación posible pasaba porque algún demonio le hubiese poseído, controlando su voluntad para hacer el mal. No eran personas, sino demonios de la noche, licántropos o vampiros.

En la mentalidad de nuestros antepasados no cabía otra explicación para que alguien matase a sus semejantes sin motivo aparente. En España tenemos uno de los ejemplos mejor documentados y para conocerlo retrocederemos hasta el año 1852, a la pequeña aldea gallega de Allariz, situada a medio camino entre Orense capital y la frontera con Portugal. Por ese tiempo los vecinos de Allariz y de las aldeas cercanas se muestran aterrorizados. Desde hace unos años son ya varias las vecinas de los alrededores que han dejado de dar señales de vida.

Las primeras fueron Manuela Blanco, de 47 años, y su hija Petra, de 6. Emigraron de Galicia para comenzar una nueva y mejor vida como sirvientas en la pujante Santander, pero nadie sabe si llegaron. Más tarde sucedió lo mismo con Benita, hermana de Manuela y de 31 años y con su hijo Francisco, de 10. Tras ellos desaparecieron Josefa de 43 años y su hijo adolescente, y Antonia Rua con sus hijas menores, Peregrina y María.

Ninguna carta ha llegado hasta los familiares dejados en Galicia y ni una sola peseta han enviado para paliar lapobreza de quienes quedaron en las aldeas.
En los vecinos comienza a resonar un nombre, Manuel ñBlanco Romasanta, el gentil buhonero de Allariz que se prestó a conducirlas hacia el Este a través de caminos sólo por él conocidos.

De momento sólo es una intuición, pero cuando los hermanos de Benita y Manuela se topan con una mujer que lleva puesta ropa de las dos desaparecidas vendida por el buhonero, la sospecha adquiere fuerza y la Guardia Civil procede a la detención de Romasanta. No hay escapatoria posible y el detenido confiesa sus fechorías. Es más, acompañado por el juez instructor conduce a los policías hasta el lugar de los crímenes, donde les explica cómo destrozó sus frágiles e indefensos cuerpos. Los de 13 víctimas.

El relato es tan espeluznante que nadie puede comprender cómo un afable buhonero ha sido capaz de asesinar de forma tan sangrienta y enseguida se extiende el rumor de que Romasanta es, en realidad, un hombre lobo. El propio juez acepta esta explicación, iniciándose un proceso que aún puede ser consultado en el Archivo Histórico del Reino de Galicia bajo el nombre Causa 1788, del Hombre Lobo.

Romasanta, “El hombre lobo de Galicia”.

Encontrando en este giro una posible salvación, Romasanta asume la identidad de licántropo, inventándose un relato donde la luna llena, la maldición del séptimo hijo varón y una irresistible sed de sangre humanason las protagonistas. La escenificación le saldrá tan bien que en 1853 la reina Isabel revoca la pena de muerte en garrote vil por la de cadena perpetua.

Afortunadamente, mientras esto sucedía en España, en Europa la percepción hacia estos criminales comienza a modificarse.

La aparición del psicoanálisis, junto a las teorías revolucionarias de Freud y Jung, pondrá el acento en la mente humana.

Los hechos delictivos especialmente crueles ya no son promovidos por agentes diabólicos, sino por el propio individuo, por su mente. Es unavance muy importante, pero en cierta medida aún inmaduro, ya que los asesinos en serie son considerados locos, enfermos mentales, lo que pronto veremos no es cierto en la mayoría de los supuestos.
Uno de los pocos profesionales que afronta la cuestión sin prejuicios es Richard Krafft-Ebing, autor en 1886 del primer libro dedicado a las perversiones sexuales, Psychopathia sexualis.

Este famoso psiquiatra en la época tuvo la fortuna de poder examinar al italiano Vincent Verzeni, asesino confeso de varias jóvenes entre 1867 y 1871. A pesar de que Verzeni bebía la sangre de sus víctimas, síntoma de locura para sus colegas, Krafft-Ebing constató que en ningún momento el detenido había perdido el control sobre sus actos y que era el móvil sexual lo que le había llevado a matar, demostrando una premeditación no compatible con un estado de locura. Tan pronto como sujetaba a la víctima por el cuello experimentaba una excitación sexual. Le daba exactamente igual que las mujeres fueran viejas o jóvenes, feas o hermosas, para sentirse excitado.

Por lo general le satisfacía el simple hecho de presionarles la garganta y las dejaba vivir. En los dos casos de asesinato la satisfacción sexual se demoró en llegar y siguió apretando hasta que murieron. Este acto de estrangulamiento le proporcionó una gratificación superior a la de una masturbación.

Con sus conclusiones, Krafft-Ebing se había adelantado casi cien años a la que quizá sea la más importante investigación realizada sobre la mente de los asesinos seriales. Su protagonista fue el ya mítico ex agente del FBI Robert Ressler, creador del término “asesino en serie”. En 1978, Ressler obtuvo la autorización del FBI para desarrollar su Proyecto de Investigación de la Personalidad Criminal (PIPC). La idea era simple: entrevistar a los asesinos en serie encerrados en las prisiones norteamericanas para indagar en las motivaciones que les llevaron a matar, profundizar en su personalidad, su infancia, adolescencia… En definitiva, en todos los aspectos que fueran importantes para comprender cómo funciona la mente de estos criminales.

La tarea no fue fácil. Muchos de los encerrados se negaron a recibir a Ressler y otros tantos de los que sí lo hicieron, aceptaron simplemente por creer que diciendo lo que el agente deseaba escuchar se les rebajarían las penas, de muerte o cadena perpetua casi todas. No fue así, claro está. Pero hubo más problemas. Enseguida Ressler percibió que estos hombres son grandes mentirosos, por lo que hicieron falta más entrevistas de las previstas para extraer algo de verdad en aquellas declaraciones.

Para hacernos una idea de la gente a la que entrevistó Ressler, basta mencionar los nombres de Jeffrey Dahmer, el Carnicero de Milwaukee, autor de 17 muertes; John Wayne Gacy, asesino de 33 personas o Ted Bundy, con 23 asesinatos probados a sus espaldas.

Pero Ressler era un hombre de tesón y paciencia, con lo que el resultado final resultó tan satisfactorio que el PIPC fue continuado por otros agentes tras la salida de Ressler del FBI. Aún hoy sigue en activo con nuevos presos a los que interrogar. A las conclusiones extraídas por el PIPC sobre el mundo de los asesinos seriales deben añadírsele las logradas por estudios realizados en universidades privadas y públicas, hospitales, centros psiquiátricos; y las investigaciones realizadas por criminólogos independientes, psicólogos, psiquiatras…

De este modo y con datos bien procesados en la mano, ¿qué podemos comenzar a decir sobre los asesinos seriales? En primer lugar, la íntima relación existente entre ellos y dos desviaciones mentales: la psicopatía y la psicosis.

La psicosis es una enfermedad mental que provoca en quien la padece una alteración de su sentido de la realidad.

El psicótico construye un mundo propio en el que el bien y el mal se mezclan, llevando al individuo a no ser consciente de sus actos. El entorno, los valores, las normas que son comunes para nosotros no rigen del mismo modo en sus cerebros dañados, originando a menudo situaciones llamativas.

Para no llevar a equívocos, no todos los psicóticos son peligrosos, de hecho, la inmensa mayoría son totalmente inofensivos, pero a veces algunos factores se aúnan convirtiéndolos en asesinos. Lo que sucede con los enfermos mentales es que los medios de comunicación sólo nos hablan de aquellos que han cometido actos reprobables y especialmente crueles, originando en el espectador la sensación de que son gente con la que es mejor no tratar.

Una de estas historias más paradigmáticas de esta realidad sesgada es la de Richard Trenton Chase, el joven de 27 años de edad que en 1977 inició su escala criminal acabando fortuitamente con la vida de su vecino Ambrose Griffin. Salió de su casa, disparó al azar su rifle de caza en el barrio residencial y la mala fortuna provocó que la bala impactara en Ambrose Griffin.

Desde siempre Chase se había caracterizado por una personalidad huraña con los humanos y cruel con los animales, a los que torturaba y quemaba por pura diversión. Desde aquel 1977 todos le conocerían por la especial brutalidad desarrollada en sus víctimas, a las que acuchillaba, descuartizaba y destripaba para llevarse a su piso las vísceras que más le atraían. Luego las guardaría en cubos o recipientes de plástico. Su afición a beber la sangre de los cuerpos desmembrados, bajo la creencia de que la suya se estaba convirtiendo en polvo y era necesario regenerarla, le valió el sobrenombre de el Vampiro de Sacramento.

En el posterior juicio, donde habló de una conspiración promovida hacia él por agentes extraterrestres y grupúsculos nazis, el detenido se mostró como lo que realmente era, una persona mentalmente enferma sin ningún control médico o familiar.

Herbert Mullin, el hombre bajito y delgado –medía un metro cincuenta y dos y pesaba 54 kilos–, al que sus vecinos calificaban como una persona sana y normal. Al menos así lo veían hasta que terminó sus estudios secundarios a finales de los sesenta en la localidad californiana de Santa Cruz.

En ese instante Mullin comenzó a coquetear con la marihuana y el LSD, sustancias que aceleraron de tal forma su esquizofrenia paranoide que su personalidad y aspecto exterior cambiaron radicalmente.

La esquizofrenia paranoide es un tipo de psicosis caracterizada en su aspecto más común en que el enfermo toma informaciones y datos sesgados de diferentes fuentes, creándose en su mente una ilusión que puede llevarle a creerse el centro de una conspiración o el elegido para realizar un determinado cometido, por poner algunos ejemplos.

Estas creencias suelen venir acompañadas de voces o imágenes sólo perceptibles por el sujeto. Aunque la inmensa mayoría de estas personas son del todo inofensivas y pueden llevar una vida casi normal si toman la medicación prescrita, los crímenes que cometen son tan horribles que como antes apuntaba la ira popular lleva a estigmatizar a todos los enfermos mentales.

Tras su incursión en las drogas, el aspecto y carácter de Herbert Mullin mutan radicalmente. Durante una época se le ve con atuendo hippie, pasando de repente a vestir como un ejecutivo. Hasta entonces había tenido relativo éxito con las chicas, pero como ninguna acepta sus propuestas de matrimonio, Mullin decide convertirse en gay. Estaba claro que no lo era y los gays con los que entabla contacto enseguida le rechazan.

Durante los siguientes meses Mullin se entrena para ser boxeador profesional, se presenta voluntario en el Ejército sin lograr ser aceptado, convive con una mujer mucho mayor que él y mentalmente enferma, viaja a Hawai para profundizar en las religiones orientales… ¿Qué estaba sucediendo? Simplemente que Mullin no encontraba su camino y como suele decirse popularmente, daba palos de ciego.

Pero la situación es muy grave. A sus 25 años de edad Mullin se ha convertido en un inadaptado social, es incapaz de permanecer en un mismo trabajo más de dos semanas seguidas y no tiene arraigo familiar ni estabilidad emocional.
Su mente forja la creencia de que si California no ha sucumbido aún al gran terremoto, es porque la guerra de Vietnam ha dejado las suficientes víctimas estadounidenses como para aplacar la ira de la naturaleza. Por ello, cuando en 1972 se vislumbra el final de esa guerra tan impopular, Mullin decide proseguir con la «ofrenda» de sangre para evitar el gran terremoto.

La primera víctima es un vagabundo de 55 años al que recoge en su coche. Aprovechando un descuido le parte la cabeza con un bate y abandona su cuerpo en un bosque cercano.

Dos semanas después recoge a otra víctima a la que mata clavándole un cuchillo en el pecho. Arrastra su cuerpo a otro bosque, le abre el abdomen y cuelga las vísceras de diferentes ramas para observar si estas se encuentran contaminadas. Su mente asociaba el aumento de la contaminación con la llegada del terremoto.
Cuatro días después de ese crimen, Mullin entra en unconfesionario, a 24 kilómetros de Santa Cruz, y mata a golpes y cuchilladas al cura, según él, porque este se había ofrecido voluntario para ser el próximo sacrificado.

A esas alturas la policía ya ha encontrado el primer cadáver, pero es incapaz de relacionarlo con el asesinato del cura. La segunda víctima tardaría aún varios meses en ser localizada. Para no alargarme demasiado diré que en los días siguientes Mullin asesinó a nueve personas más. Sólo cuando mató a la duodécima, de un disparo frente a la casa de su padre, la policía logró detenerle. En el juicio quedó patente su enfermedad mental, a pesar de lo cual fue encerrado con criminales profesionales totalmente cuerdos.

La otra categoría mencionada es la de los psicópatas, mucho más peligrosos que los psicóticos por dos cuestiones principales. La primera porque suelen ser personas perfectamente integradas en la sociedad, y la segunda porque cuando desatan su furia incontrolada, la tendencia común es que se conviertan en asesinos seriales. Quizá por esto el profesor de Psicología en la Universidad de Valencia y gran experto criminal, Vicente Garrido Genovés, les califique como «el ser humano más peligroso que existe».

La puntualización más importante que debemos decir sobre ellos es que no son enfermos mentales, repito, no son enfermos mentales. Pero como adelanto basta con decir que el no ser un enfermo mental implica saber diferenciar perfectamente el bien del mal. Como se ha constatado, los psicóticos se caracterizan por ver la realidad de forma totalmente distorsionada, pero los psicópatas la ven como es y por ello saben que matar está prohibido y que si son detenidos acabarán en la cárcel.

Por: Alejandro Ojeda.

Para: Narcisistas al Descubierto.

Bibliografía: Depredadores humanos.

Publicado por narcisistasaldescubierto

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