EXORCISANDO EL TRASTORNO LÍMITE DE LA PERSONALIDAD.

Dentro de los trastornos de personalidad del tipo B, y tipificado dentro del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) se encuentra el trastorno límite de la personalidad (TLP), o Borderline, también conocido como trastorno de la personalidad emocionalmente inestable del tipo límite.

(El objetivo principal de este artículo es eliminar los tabúes y estigmas que existen actualmente, y conocer el verdadero impacto emocional y social del desarrollo del trastorno límite de la personalidad; manteniéndonos apegados a la información existente en el manual (DSM-5), y en las opiniones recabadas de las distintas personas con este tratstorno con las que pudimos interactuar.”) –Alejandro Ojeda


En un principio, el término “borderline”, acuñado en 1884 por Hughes, hacía referencia a personas que pasan toda su vida de un lado a otro de la línea (psicosis, neurosis). A raíz de esta interpretación surgieron numerosas interpretaciones y opiniones en torno a este concepto, como la de Bleuler en su Tratado de Psiquiatría en 1921, en la que menciona que el TLP puede vislumbrarse dentro del cuadro de esquizofrenia latente, caracterizada por la presencia de irritabilidad, capricho, soledad y algún síntoma paranoide.

Sin embargo, la primera descripción específica de un cuadro clínico borderline de la que se tiene registro, se dió en el año de 1938, cuando el psicoanalista A. Stern atribuyó el diagnóstico de borderline a pacientes que no encajaban con la clasificación de la época, basada en la división entre neurosis y psicosis. A partir de la idea de Stern, R. Knight amplía el término límite en 1953 a un estado de frontera entre la neurosis y la psicosis en el que se encontraban permanentemente dichos individuos. Desde entonces, han sido muchas las denominaciones utilizadas para describir esta sintomatología, pasando en orden cronológico por las estructuras de Bouvet, los trastornos de identidad según Erikson o los desórdenes fronterizos de Kernberg.

Debido a la dificultad para designarlo y diferenciarlo de otras alteraciones, a pesar de estar los trastornos de la personalidad ya reflejados en la primera edición del DSM en 1952, el TLP como diagnóstico se incluyó por primera vez en el DSM-II. No obstante, fue más tarde, en la tercera edición de 1980, cuando comienza a darse importancia a la dimensión emocional, las relaciones interpersonales y el control de impulsos como partes esenciales constituyentes del cuadro borderline, derivando de ello el concepto actualmente integrado por la APA. (centro de apoyo de la asociación Americana de psicología por sus siglas en inglés),en las dos últimas versiones del DSM. De este modo, tras una importante evolución a lo largo del tiempo, el trastorno límite de la personalidad, concepto relativamente nuevo, es definido en el DSM-5 como un patrón de inestabilidad de las relaciones interpersonales, de la autoimagen y de los afectos, marcado por la impulsividad.

El CIE-10 (décima revisión de la Clasificación Internacional de las Enfermedades y Trastornos relacionados con la Salud Mental realizada por la OMS Organización Mundial de la Salud en 1992), por su parte, aporta un concepto en la que el trastorno de personalidad emocionalmente inestable puede dividirse en impulsivo o limítrofe, estando este último caracterizado por perturbaciones de la autoimagen, de las aspiraciones y de las preferencias íntimas, por sentimientos crónicos de vacío, por relaciones interpersonales intensas e inestables y por una tendencia al comportamiento autodestructivo, que incluye acciones suicidas e intentos de suicidio, aspectos que el DSM-5 no incluye en su definición, sino como parte de los criterios diagnósticos.


El DSM-5 propone nueve criterios, considerándose que una persona tiene un trastorno límite de la personalidad si cumple con cinco o más de ellos.


CRITERIO/DIAGNÓSTICO:

• Esfuerzos frenéticos para evitar un abandono real o imaginado

• Patrón de relaciones interpersonales inestables, intensas y turbulentas, caracterizado por los extremos de idealización y devaluación.

• Alteración de la identidad: inestabilidad intensa y persistente de la autoimagen y del sentido del yo.

• Impulsividad en dos o más áreas que son potencialmente autolesivas

• Comportamientos, intentos o amenazas suicidas recurrentes o comportamientos de automutilación.

• Inestabilidad afectiva debida a una notable reactividad del estado de ánimo.

• Sensación crónica de vacío

• Ira inapropiada e intensa o dificultades para controlar la ira.

• Ideas paranoides transitorias relacionadas con el estrés o síntomas disociativos graves.

Los criterios y diagnósticos propuestos por el DSM-5 hacen referencia a cuatro aspectos fundamentales de la persona con TLP. Algunos de esos criterios se explican y entienden mejor si se relacionan entre sí, de forma holística. Un ejemplo sería cómo, tanto el miedo a la soledad como el sentimiento de vacío, puede llevar a los individuos a experimentar ira o temor inapropiado ante la percepción de abandono, ya sea este real o imaginado e incluso cuando la separación es por cortos periodos de tiempo. Se pueden desencadenar así actos autolesivos o suicidas para paliar el dolor emocional, conectarse con la realidad a través del dolor físico, castigarse a sí mismos o a su entorno, e incluso para solicitar ayuda. Esta situación hace que los gestos autolíticos aparezcan en hasta un 75% de los pacientes con TLP, mientras que en la población general se estima están presentes en un 3–5%, lo que, por probabilidad, aumenta la tasa de suicidio consumado, que de un 0.5–2% en la población general sube a una cifra de entre 8 y 10% en las personas diagnosticadas con TLP.


En cuanto al resto de criterios, también pueden relacionarse, aunque este no sea el único patrón por el que puedan presentarse. Por un lado, el pensamiento dicotómico de la persona con TLP, que basa su opinión de la persona en la última interacción con ella, lleva al individuo a periodos de idealización cuando el otro comunicador cumple unas expectativas, mientras que, cuando las demandas no son satisfechas, el enfermo entra en un periodo de devaluación, pudiendo cambiar de un extremo a otro la percepción del paciente de una relación o una persona. Esta característica, que resulta esencial para entender el patrón de relaciones interpersonales inestables que establece el individuo con TLP, puede desencadenar, debido a la brusquedad con que se produce el cambio en la relación, sentimientos muy intensos que propicien actos guiados por la impulsividad, la inestabilidad afectiva, la sensación de vacío, o la ira inapropiada. Además, pueden producirse ideas paranoides o síntomas disociativos, todo en relación con la ansiedad y estrés que les genera la situación, que incrementa el sentimiento de caos interior.

Por último, todas estas situaciones y características pueden encontrar explicación en la alteración de la identidad propia del individuo con TLP, que hace frente a imágenes de sí mismo contradictorias que desencadenan el sentimiento de vacío descrito o dificultan las relaciones interpersonales por la falta de constancia o, desde la perspectiva del mismo, por la creación de una “máscara” para cumplir con las expectativas sociales.

El trastorno límite de la personalidad constituye una entidad reciente y compleja en salud mental. Es por ello que actualmente no existe un modelo concreto que incluya todas las posibles causas que puedan derivar su aparición.

A lo largo del tiempo han sido numerosos los autores que han considerado distintos motivos que podrían propiciar el establecimiento de un TLP, pudiéndose agrupar las diferentes visiones del origen del trastorno en dos grandes perspectivas:

TEORÍA NEUROBIOLÓGICA”


La Teoría Neurobiológica es la propia de autores como D. Stern, que describía a los pacientes con TLP como personas que sufrían una “hemorragia mental” consecuencia de la intolerancia al dolor emocional; Skodol, que relacionaba la inestabilidad afectiva e impulsividad propia del paciente con una disregulación neuroquímica; o Beck, cuyo modelo cognitivo se centra en esquemas cognitivos disfuncionales.

En torno a esta perspectiva se han realizado diversos estudios que abordan tres grandes influencias en el TLP: primeramente, la disminución de serotonina –neurotransmisor que interviene en la regulación de impulsos– en líquido cefalorraquídeo en los individuos diagnosticados de TLP, así como otros neuromoduladores como la acetilcolina o la vasopresina; en segundo lugar, la existencia de deficiencias a nivel tanto estructural como funcional de áreas cerebrales implicadas en el autocontrol, la afectividad y la atención, como son la amígdala, las zonas orbitofrontales y el hipocampo; y, por último, la participación de la genética en la transmisión del TLP de acuerdo con estudios en gemelos.

“Perspectiva biosocial, o Genético-dinámica.”


En cuanto a la perspectiva Biosocial o Genético-dinámica, en ella se engloban autores como: Mahler, Kernberg, Fonagy o Linehan, entre otros. Todos ellos presentan similitudes aunque a través de distintos modelos. Tanto Mahler como Kernberg coinciden en el TLP como consecuencia del mantenimiento de una crisis infantil en la edad adulta, basada en el trauma de la separación o el descuido materno-filial.

Fonagy, aunque sigue proporcionando un papel relevante a las vivencias de la infancia, se centra en el impedimento de desarrollo de la función reflexiva de la persona a raíz de las relaciones de apego inseguras.

Linehan, por el contrario, habla directamente de una predisposición biológica innata a la intensidad emocional, aunque también incluye la propuesta de Millon sobre la interacción de los factores biológicos y el aprendizaje social en el origen del TLP.

Todos ellos, sin embargo, se corresponden al tomar al entorno familiar como un factor clave, describiéndolo normalmente como caótico-inestable o negligente y abusivo, aunque también pueda presentarse TLP en familias bien estructuradas. Teniendo en cuenta las aproximaciones de los autores y los estudios realizados en torno al TLP, los cinco factores multidimensionales propuestos por el National Institute for Health and Care Excellence (NICE), como predisponentes del trastorno límite de la personalidad, pueden agruparse según una u otra perspectiva.

Figura III. Factores predisponentes del TLP en relación con las Teorías Neurobiológica y Biosocial/Genético-dinámica. Fuente: NICE; El paciente con trastorno límite de personalidad.


Se estima que la prevalencia de los trastornos de personalidad se encuentra alrededor del 13%, aunque existen discrepancias en los resultados de diferentes estudios. Esto se debe, fundamentalmente, a que las personas con esta patología no aceptan el diagnóstico, a su cronicidad, a la dificultad para establecer el momento de aparición y a su descenso en edades avanzadas, además de la gran heterogeneidad en los métodos de evaluación y en las poblaciones a estudiar.


La prevalencia de estos trastornos es similar entre hombres y mujeres, situándose la edad de diagnóstico entre los 34–49 años. Es más frecuente en poblaciones urbanas y en individuos con un nivel socioeconómico bajo, con nivel educativo muy bajo o muy alto y en solteros. Sin embargo, estos criterios varían dependiendo del trastorno de personalidad que se estudie. Por su parte, el TLP es el más frecuente dentro de este tipo de problemas de salud mental, ya que suponen entre un 30 y 60% del total.

Su prevalencia se encuentra entre el 1–2% de la población general. En concreto, la prevalencia del TLP en pacientes que acuden a centros ambulatorios de salud mental se encuentra entre un 11 y un 20%, mientras que en unidades de hospitalización psiquiátrica la prevalencia se sitúa entre un 18–32%, y entre el 25 y el 50% en población reclusa.

El TLP es más frecuente en mujeres que en hombres, con una relación de 3:1. El diagnóstico suele realizarse entre los 19–34 años, aunque se estima que la edad de aparición se encuentra entre los 14 y los 20 años. Por otra parte, la prevalencia de este diagnóstico disminuye con la edad, calculando un descenso de un 6% cada año. En cuanto al curso clínico de este problema, suele existir una gran inestabilidad. Son frecuentes las agudizaciones, donde aparecen conductas autolíticas, conductas de riesgo e impulsivas –como abuso de sustancias, atracones seguidos de purgas o hurtos– y síntomas psicóticos.


Por otra parte, el pronóstico es variable, siendo habitual una mejoría según avanza la edad. En esos casos, se observa una tendencia a la estabilidad en las relaciones y en el ámbito laboral en torno a los 40–50 años. Los síntomas impulsivos progresan en primer lugar, evolucionan favorablemente los síntomas cognitivos y las relaciones con los demás. Los síntomas afectivos, sin embargo, suelen perdurar en el tiempo.


Tratamiento del TLP:


El objetivo del tratamiento de las personas con TLP es favorecer la reestructuración de los procesos en el ámbito social, familiar y laboral, además de reforzar los modos de actuación ante conflictos y prevenir la aparición de crisis, con el fin de mejorar la calidad de vida. Todo ello, se hace combinando dos tipos de tratamiento:


Tratamiento no farmacológico:


Consiste fundamentalmente en el establecimiento de intervenciones de carácter psicológico y psicosocial, que deben individualizarse y adaptarse a la situación.


Terapia dialéctico – conductual:


Esta terapia utiliza el diálogo entre diferentes posiciones con el fin de aproximarse a la realidad, su objetivo es conseguir que, a través de las distintas fases del tratamiento, el paciente actúe de forma adaptativa ante los conflictos que puedan surgir en sus relaciones intra e interpersonales mediante el abordaje de distintas cuestiones según una secuencia lineal.

La Estigmatización o Demonización familiar:

Una persona de referencia que habitualmente brinda apoyo, proporciona confort, ayuda o estímulo, o una asistencia o estímulo necesario para que el paciente maneje o domine las tareas adaptativas relacionadas con su cambio en la salud, lo hace de manera insuficiente o ineficaz, o dicho apoyo se ve comprometido. A consecuencia de carencia o deficiencia de información relacionada con un tema específico. Desempeño ineficaz del rol patrón de conducta y expresión propia que no concuerda con el contexto ambiental, las normas y las expectativas.

Las funciones psicosociales, espirituales y fisiológicas de la unidad familiar están crónicamente desorganizadas, lo que conduce a conflictos, negación de los problemas, resistencia al cambio, solución ineficaz de los problemas y a una serie de crisis que se perpetúan por sí mismas.

La Estigmatización social y autoestigma o demonización:


En el caso específico de los problemas de salud mental, el profesional se encuentra también con una dificultad añadida: el estigma. Este concepto es entendido como un conjunto de actitudes, habitualmente negativas, que un grupo social mantiene con otros grupos minoritarios en virtud de que estos presentan algún tipo de rasgo diferencial. Estas actitudes, basadas en los estereotipos de la sociedad y que suponen conductas de discriminación hacia la persona estigmatizada, se encuentran muy presentes en salud mental, de modo que tanto el paciente como su familia, además de hacer frente a las características propias de la patología, se ven dentro de una espiral de estigma social, teniendo que luchar contra conductas de evitación por vergüenza o miedo, barreras sociales ante la perspectiva de nuevas oportunidades y el aislamiento social.

Además, como complicación a este fenómeno social, en ocasiones, los pacientes experimentan también el auto-estigma, a través del cual toleran y aceptan los prejuicios, volviéndolos contra sí mismos y perdiendo la confianza y autoestima. Este hecho supone un obstáculo más que vencer para la atención sanitaria de calidad e integración de estos pacientes y sus familias.


La persona, su salud, el entorno y los cuidados. De esta manera, al tratarse el ser humano de un ser biopsicosocial con demandas en cada uno de los ámbitos en que se desarrolla –físico, mental, sociocultural, emocional y espiritual, la visión integral del paciente conduce también a actuar en el entorno familiar como un eslabón más a tener en cuenta en la práctica del cuidado.

Conclusión acerca del estigma y demonización del TLP:

Hablando en términos técnicos, se podría decir que el TLP es un trastorno de la personalidad que «consiste en un patrón persistente de inestabilidad en las relaciones interpersonales, afecto y autoimagen con escaso control de impulsos».

La inestabilidad de la que se habla en esta definición se debe a la intensidad con las que estas personas sienten sus emociones. Esta hace que sus relación con los demás se vea afectada. Lamentablemente existen muchos prejuicios y una desinformación alrededor de este trastorno, convirtiéndolo en uno de los más estigmatizados y demonizados. Existen muchos mitos y creencias que dicen que las personas con este trastorno son manipuladoras, que solo buscan llamar la atención, que son narcisistas o megalómanos, cuando la realidad es muy diferente.

Los individuos que tienen TLP en muchos casos generan dependencia debido al gran sentimiento de soledad crónico que persisten en ellos. Cuando a ellos mismos son vistos como muy manipulables, y en ocasiones terminan siendo “presas” de depredadores emocionales como narcisistas y/o psicópatas, ya que harían prácticamente cualquier cosa que esté en su disposición para complacer a las personas de su alrededor llegando incluso a descuidar sus propias necesidades.

Aunque existen personas TLP que SI cumplen estas características por las cuales se demoniza, es importante señalar y dejar claro que NO todos son así, NO todos los borderline son Narcisistas.

Por: Alejandro Ojeda. Para: Narcisistas al Descubierto. 8 junio 2021. Mexicali,baja California. México

Publicado por Ojedatatt2

Espacio de información sobre el trastorno Narcisista de la personalidad y psicopatía.

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