ADOLF HITLER «EL MESÍAS NEGRO» (análisis psicomorfológico)

“Para poder continuar subsistiendo como un parásito dentro de la nación, el judío necesita consagrarse a la tarea de negar su propia naturaleza íntima.”
Adolf Hitler, Mein Kampf.

Se trata de uno de los conflictos armados más importantes y sangrientos de la historia, en el que más de setenta países se involucraron en una contienda que acabó con la vida del dos por ciento de la población mundial. Más de sesenta millones de personas, en su mayor parte civiles, murieron durante la segunda guerra mundial. Entre sus protagonistas principales destaca Adolf Hitler, al que la Sociedad Thule, con Dietrich Eckard a la cabeza, bautizó como el Mesías Negro.

Sus ideas totalitarias, racistas y xenófobas, que buscaban incansablemente lo que él denominó «la raza aria», fueron seguidas por una buena parte de la población alemana. De hecho, muchos investigadores apuntan que lo que el Führer fundó fue una religión radical que estuvo fraguando desde finales de la primera guerra mundial y que culminó cuando invadió Polonia en 1939. Como líder del Partido Nacional socialista Obrero Alemán (NSDAP) y canciller de Alemania, Hitler decidió hacer caso omiso al Tratado de Versalles y extralimitarse. Su único objetivo era conquistar todo el continente europeo a través de la fuerza y el poder. «En Europa no hay respeto, sólo hay miedo…», afirmó en una ocasión.

Desde su muerte muchas han sido las teorías acerca de quién fue este dictador alemán. Algunos apuntan a que era un fanático de las ciencias ocultas, que era miembro de sociedades secretas y que se rodeaba de astrólogos y magos para tomar decisiones claves; otros, en cambio, señalan que su falta de autoestima provocó en él un odio acérrimo por lo «diferente». La prueba más tangible fueron los campos de concentración que se erigieron en Alemania, Austria y Polonia y que acabaron con la vida de más de once millones de inocentes. En la actualidad, el nazismo sigue siendo la ideología extremista más temida por la opinión pública.

La semilla del diablo

Nació el 20 de abril de 1889 en Braunau (Alta Austria) en el seno de una familia modesta cuyos progenitores eran primos. Su padre, Alois, trabajaba en la aduana y su madre, Klara, se dedicó a criar a sus cinco hijos. El pequeño Adi —alias por el que se le conocía familiarmente— tuvo que estudiar por su cuenta, ya que apenas recibió educación alguna. Su padre, un hombre violento y agresivo, azotaba a su esposa y a sus hijos. Él mismo explicaba que hubo un día en que decidió no llorar más con cada golpe y contarlos en silencio. La influencia que supuso esta relación en la vida de Hitler fue crucial para su desarrollo en la etapa adulta. Sin embargo, tampoco ayudó la sobreprotección de una madre temerosa de todo, por lo que Adolf creció sintiéndose una especie de «dios».

Su vida transcurrió entre Linz y Viena, y en esta última intentó hacerse hueco como pintor. Pero no lo consiguió. Malvivió en dicha ciudad y comenzaron a crecer en él las ideas racistas que radicalizó cuando subió al poder. Posteriormente, se convirtió al nacionalismo germánico, se hizo antisemita y huyó del Imperio austrohúngaro para no prestar el servicio militar obligatorio. Acabó en Múnich, y luchó en la primera guerra mundial como soldado del ejército alemán. Una vez terminada la guerra y decepcionado por la derrota, se inició en la política. Regresó a Múnich y entró a formar parte de un pequeño partido ultraderechista que gracias a su liderazgo pasaría a ser el famoso Partido Nacional socialista Obrero Alemán. Fueron años de duro trabajo. Nadie hacía caso de sus ideas, pero tras reorganizar el partido y fichar a Göring, Goebbels y Himmler, poco a poco fue captando la atención de su pueblo. La propaganda que estaba difundiendo sumada a la utilización ilegal de la violencia en las calles por parte de los camisas pardas hicieron que finalmente Adolf Hitler subiese al poder en enero de 1933. Aquí comenzaba el Tercer Reich.

Su excelente oratoria, su hipnótica personalidad y sus polémicos discursos avivaron el odio de su propio pueblo, consiguiendo que fuesen ellos mismos los que tomaran parte en la famosa «Noche de los cristales rotos» en 1938. Durante la madrugada del 10 de noviembre, miles de alemanes provocaron una ola de extrema violencia tras el asesinato de un funcionario alemán en París a manos de un adolescente judío. En dos días, más de siete mil comercios judíos fueron saqueados, doscientas cincuenta sinagogas quemadas y cientos de judíos asesinados. Todo ello ante la mirada impasible de la policía alemana, que se mantuvo al margen. Ya por aquel entonces más de treinta mil judíos alemanes fueron trasladados a campos de concentración. El germen del odio que el mismísimo Hitler había sembrado años antes comenzaba a dar sus frutos. Aquella primera acción en pos de la recuperación del orgullo nacional, minado durante la primera guerra mundial y prolongado por la Gran Depresión, sirvió para que en 1939 se iniciase un programa de exterminio conocido como «La Solución Final».

El Holocausto

Hasta llegar a ese desencadenante final, primero tuvo que aliarse con dictaduras como la italiana y afianzar su pacto con Japón en una alianza antisoviética. Aquí se formó el Eje Berlín-Roma-Tokyo de 1937. Después rearmó el país, reactivó la industria alemana y redujo el paro. Se retiró de la Sociedad de Naciones, se anexionó Austria en la famosa Anschluss e invadió los Suedetes y luego ocupó el resto de Checoslovaquia. Su ansia de conquista le llevó a invadir Polonia. Dicha invasión fue el desencadenante que hizo estallar la segunda guerra mundial el 1 de septiembre de 1939. Francia y Gran Bretaña reaccionaron ante la política de Hitler y durante seis años sumieron a Europa en una batalla por el poder.

Mientras los Aliados luchaban por ganar la guerra, el Führer se dedicaba a aumentar la población de los campos de concentración que había construido por todo el territorio nazi. No tuvo piedad con nadie. Hombres, mujeres, niños y ancianos, arribaban en tren a centros de internamiento como Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen, Ravensbrück o Dachau para supuestamente realizar trabajos forzados. La realidad era bien distinta. Las llamadas «selecciones» que personajes como el doctor Mengele, María Mandel o Irma Grese perpetraban a la entrada del campamento, les llevaban directamente a la cámara de gas. Aquellos que tenían la fortuna de entrar en los barracones experimentaban la miseria, el hambre, la disentería, la enfermedad, el maltrato físico y psicológico, por parte de un ejército que se encargaba de evitar que se escapasen. Aquellas infrahumanas condiciones se dieron a conocer tras el fin de la contienda, cuando las tropas aliadas, comandadas por el general Eisenhower, grabaron y fotografiaron esta barbarie. Gracias a dichas improntas, el mundo pudo ver con sus propios ojos la mayor masacre que ha dado la historia: el Holocausto. Aun así, muchos se atreven a seguir negando la evidencia.

¿Murió en el búnker?

Días antes de que Alemania perdiese la guerra, Hitler ya atisbaba lo que se le venía encima. El ejército aliado estaba ganando cada vez más terreno y la mayoría de sus colaboradores decidían abandonarle. Su amado Tercer Reich se estaba derrumbando. Así que determinó esconderse en su búnker ubicado bajo la ciudad de Berlín. Contrajo matrimonio con su amada Eva Braun y pasó el testigo a su sucesor, Karl Dönitz.

El 30 de abril de 1945, mientras el Ejército Rojo invadía Berlín, Hitler pasó sus últimas horas comiendo con su mujer, sus secretarias y los pocos aliados que le quedaban. A las cuatro de la tarde, el matrimonio se ausentó y, tras darle unas breves instrucciones al mayor Otto Günsche, se encerraron en el despacho privado. Se oyó el estruendo de un disparo al otro lado. A los quince minutos, tal y como el Führer le había indicado, el camarada Günsche entró en la habitación y se encontró los cuerpos sin vida de Hitler y Eva. El canciller alemán presentaba un disparo en la sien y su esposa había muerto por el cianuro que había ingerido poco antes. Günsche envolvió los cadáveres en una alfombra, los trasladó al patio trasero de la Cancillería y les prendió fuego. A partir de aquí emergieron diversas teorías acerca de si el dictador murió o no. Algunos historiadores señalan que Hitler no murió en el búnker y que logró escapar a Argentina antes del final de la guerra.

Análisis psicomorfológico de Adolf Hitler

El rostro de Adolf Hitler muestra unas desarmonías psicomorfológicas que evidencian las frustraciones psicológicas de tipo afectivo, la torpeza y cobardía en expresar y satisfacer sus necesidades instintivas y sexuales. Su nariz y, especialmente, la retracción de su boca muestran la dureza en la que se traduce verbalmente el sentimiento de fracaso personal.

Los sentidos, ojos, nariz y boca, son los que permiten al individuo mantener un intercambio comunicativo con su entorno, ser capaz de compartir y sentir de forma espontánea y natural. En Hitler dichos sentidos muestran una fuerte introspección y una actitud vigilante y desconfiada hacia los otros.

Estas características, además del tamaño de su marco óseo y de unos pómulos abruptos, nos indican que es una persona con baja autoestima que busca seguridad y protección. No escucha ni comprende al otro porque está en alerta. Se aleja o se desprende de todo aquello que percibe y siente como hostil.

La sociabilidad es baja, lo que implica su pobre capacidad de relacionarse, participar e integrarse con ellas. Sólo cuando se siente herido, que puede ser por una nimiedad o sin una causa aparente, surge una reacción defensiva en la que descarga todo su componente agresivo y colérico. La naturaleza de esa respuesta la refleja su nariz en diagonal y de punta afilada.

La zona más grande de su cara es la frente y es en la actividad mental donde se desenvuelve con mayor seguridad. Su potencial intelectual es lo que le da fuerza para superar sus deficiencias en lo personal o íntimo.

La frente inclinada hacia atrás, ligeramente curvilínea, y la prominencia de los arcos superciliares denotan un pensamiento inconformista, polémico, creativo y rápido en su discurso. Curiosamente, su boca nos da idea de su carácter reprimido y castrador en el terreno sexual.

En conclusión, una cara que expresa potencia y fuerza mental. Pero también las contradicciones y alteraciones de equilibrio personal y emocional del sujeto, que derivan en un carácter irritable y con nula tolerancia a la frustración.

Bibliografía: Las caras del mal de Mónica G. Álvarez.

Alejandro Ojeda.

Publicado por Ojedatatt2

Espacio de información sobre el trastorno Narcisista de la personalidad y psicopatía.

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