LA VERDAD SOBRE LA PANDEMIA (primera parte)

Todo sucedió muy rápido. El virus comenzó atacando la salud, para seguir con la economía y, finalmente, con el armazón político y nuestro modo de organización social. Nuestros valores y nuestras costumbres peligraban. El ayer dejó de existir. Parecía que nada volvería a la normalidad. Era una situación extraordinaria, absolutamente nueva y desconcertante que noqueó a 7.800 millones de personas, que comenzaron a vivir pendientes de una entidad invisible pero mortal.

En los medios de comunicación, el miedo sustituyó al análisis y a la investigación.

Las medidas que los Gobiernos de todas las naciones adoptaron transformaron nuestras vidas de la noche a la mañana. Primero prohibieron fiestas y celebraciones: las Fallas de Valencia, la Semana Santa, la Feria de Abril, los partidos de fútbol, las misas… A renglón seguido cerraron los hoteles y los bares. Luego cayeron las compañías aeronáuticas. El sector turístico, uno de los más florecientes tras la crisis de 2008, desapareció de un plumazo y, con él, nuestro ocio y nuestra diversión. Nuevas compras de deuda, nuevos préstamos y rescates se avalarían con nuestro futuro y el de nuestros hijos. Una esclavitud sin límites amenazaba en el horizonte.

The Economist

En su número de marzo del 2020 revista The Economist

En su número de marzo del 2020, la revista The Economist (órgano financiero de la aristocracia financiera), en palabras de Karl Marx (1846), publicó una llamativa e inquietante portada en la que aparece una mano gigante sujetando con una correa a un pequeño hombre, como si lo sacara a pasear y a hacer sus necesidades. Lo mismo que él hace con el perro que sostiene de su correa. Sobre sus cabezas, un contundente titular: «Every­thing’s under control» («Todo está bajo control»). Al que sigue el no menos sugerente subtítulo Big government, liberty and the virus («El gran gobierno, la libertad y el virus»).

Recordemos que hablamos de un semanario que no es como los demás. The Economist es propiedad de las élites que dominan el mundo. Forma parte del Grupo The Economist, una compañía de medios de comunicación multinacional, con sede en Londres, especializada en la información financiera y en asuntos internacionales. El grupo es en un 50 % propiedad de Pearson PLC a través de The Financial Times Limited, y la mayor parte de las acciones restantes están en manos de accionistas individuales, como los magnates Cadbury, Rothschild, Schroder y Agnelli, que son miembros de ese famoso Club Bilderberg del que todo el mundo ha oído hablar pero del que apenas nadie sabe nada. Sus editores jefes asisten a las reuniones anuales de esta entidad. En efecto, me refiero a los miembros del clan de los amos del mundo. Pero ¿qué significa una portada como la de The Economist?

¿Qué nos quieren decir los “amos” con este escalofriante “todo está bajo control”, que insinúa y no hay que ser muy listo para darse cuenta que los que estamos bajo control somos todos nosotros? Ni siquiera tratan de ocultarlo.

Es inevitable pensar que se están riendo en nuestras caras… ¿Existe una élite (personas con nombres y apellidos) que nos está matando mientras algunos ciudadanos salen a aplaudir en los balcones cada tarde a las ocho?

¿Y por qué a las ocho y no a las siete o a las nueve?

Pero empecemos por el principio. Y el principio fue Wuhan…

La megalópolis de Wuhan, con 11 millones de habitantes, es la capital de la provincia de Hubei y la urbe más importante de la zona central de la República Popular China. Hasta hace poco más de seis meses, no eran muchos los occidentales que habían oído hablar de este centro político, económico, financiero y cultural del gigante asiático. Wuhan tiene cuatro parques de desarrollo científico y tecnológico, más de 350 institutos de investigación, 1.656 empresas de alta tecnología, numerosas incubadoras de empresas e inversiones de 230 empresas que forman parte de Fortune Global 500 (las primeras 500 empresas del mundo).

Debido a su importancia en la economía del país, a Wuhan se la conoce como «el Chicago de China», circunstancia que no deja de resultar llamativa si tenemos en cuenta que hasta antes de ayer casi nadie en Europa habría sabido situarla en el mapa. Pero Wuhan es, además, el centro desde el que irradió, hace casi sesenta y dos años, una persecución religiosa. Allí, los católicos sumisos al régimen comunista rompieron con Roma y constituyeron la Asociación Patriótica Católica China, una nueva religión al servicio del partido único, que instigó con mayor énfasis a los católicos romanos. Este dato de Wuhan como foco de varias tipologías de «virus» no es en absoluto baladí en el contexto de la imposición de un nuevo órden mundial en el que las élites globalistas también tienen diseñada su nueva «religión mundial». En China, como en otras partes del mundo, «todo está bajo control». O así lo creen firmemente. ¿Se equivocan?

El banco de virus más grande de Asia

En Wuhan se encuentra el Centro de China para la Colección de Cultivos de Virus (CCVCC), en el Instituto de Virología de Wuhan (WIV), considerado el «centro más importante de colección de cultivos a nivel nacional».

El Partido Comunista Chino (PCCh) considera a las especies y muestras de microorganismos patógenos recursos estratégicos esenciales para garantizar su seguridad, tanto social como económica y biológica. Así, el centro está orientado a las necesidades estratégicas y desem­­peña un papel clave en los campos de la seguridad nacional y de la investigación en ciencias de la salud pública. Es decir, un centro biológico al servicio de la defensa nacional, de la guerra y del statu quo.

El CCVCC se estableció en 1979 y, diez años después, pasó a formar parte de la Federación Mundial de Colecciones de Cultivos (WFCC). En 2015 se unió al proyecto European Virus Archive be global (EVAg), sufragado por Horizon 2020, el Programa de Financiación de Investigación e Innovación de la Unión Europea (UE) y, en octubre de 2017, obtuvo la calificación más alta por su sistema de gestión de calidad. O sea, que China y la UE colaboran en el campo científico. Se trata del banco de virus más grande de Asia, sustentado, apoyado y financiado por los organismos oficiales que controlan y promueven la investigación a nivel mundial. Interesante dato a tener en cuenta para comprender lo que está pasando. Según nos contaron más tarde, el CCVCC de Wuhan habría comunicado a la OMS la detección de la COVID-19 el 31 de diciembre de 2019, pero las informaciones aún hoy siguen siendo confusas.

En un primer momento, el virus se vinculó principalmente a un grupo de trabajadores de un mercado mayorista al aire libre de la ciudad. Ese último día de diciembre, las autoridades chinas notificaron 27 casos de neumonía de origen desconocido, siete de ellos graves. La causa de la dolencia fue identificada el 7 de enero como COVID-19 y, unos días más tarde, China comunicó que el virus, que procedía de un murciélago, podía transmitirse de persona a persona. El número de afectados no dejó de crecer desde entonces, pero los gobernantes de muchos países del mundo, como España, Estados Unidos, México, Colombia, Francia o Italia, entre otros, aseguraban que los «expertos» que les estaban asesorando afirmaban que el virus no era en absoluto peligroso.

Recordemos que el protocolo que recibieron los médicos españoles por parte del Ministerio de Sanidad insistía en que si se llegaba «de un viaje desde una zona de riesgo» se hiciera «vida normal en familia, con amigos y en el ámbito escolar y laboral».

¿Había una intención de aniquilar cualquier tipo de defensa?

¿Acaso alguien pretendía que se propagara el «virus»?

Fue a partir del 31 de diciembre de 2019, cuando en China se instalaron termómetros infrarrojos en aeropuertos, estaciones de ferrocarril y de autobuses, y las personas con fiebre fueron trasladadas a centros médicos. A finales de enero y principios de febrero, se ordenó a la población de las zonas más afectadas, como Wuhan y Huanggang, que se encerrasen en sus casas. Solo estaba permitido salir de ellas cada dos días y, únicamente, para comprar alimentos y medicinas. Comenzó entonces una campaña publicitaria y propagandística en los medios de comunicación globales en los que China aparecía como una auténtica heroína.

Su inteligente modo de tratar el gravísimo problema, que le había sobrevenido de forma natural y del todo imprevista, provocaba las loas y alabanzas de intelectuales, periodistas, políticos y científicos oficiales. De un caos incontrolable en sus hospitales pasó a disponer de centros sanitarios en solo una semana. Las imágenes se repetían en los informativos de todo el mundo. Sin duda, China era el ejemplo que todos debíamos copiar, porque el virus amenazaba con alcanzar cada rincón del planeta e iba a matarnos a todos si no hacíamos lo que el gigante asiático nos enseñaba.

Cifras y muertes que no cuadran

En la primera semana de marzo, tras más de 3.000 muertos (cifras oficiales), el Gobierno chino anunció que lo peor de la epidemia ya había pasado. El 19 de marzo aseguró que no se había registrado ningún caso en la población y, durante la semana siguiente, la provincia de Hubei reportó un solo caso al día. Entonces el Gobierno declaró el final del periodo de crisis. Sin embargo, los datos ofrecidos por las autoridades chinas despertaban inquietantes dudas en ciertos gobernantes, ciudadanos y periodistas internacionales independientes. Las cifras eran, como poco, sorprendentes: 82.692 personas contagiadas y 4.632 fallecidos. ¿Cómo era posible?

LA “ORDEN”: CONFINAMIENTO DE LA POBLACIÓN

El 11 de marzo de 2020, el día que la OMS declaró la pandemia global por el coronavirus, esta organización pidió a los gobiernos de los Estados del planeta que adoptasen medidas de «distanciamiento social» por el riesgo de propagación. En España comenzó la suspensión de fiestas, eventos deportivos y el cierre de comercios, centros de ocio y religiosos. Empezó a generalizarse el teletrabajo y las colas en los supermercados se convirtieron en las imágenes más destacadas de los informativos, junto al caos hospitalario, que, casualmente, era similar que el que mostró China. El Gobierno español decretó el estado de alarma y el confinamiento de todo el país para los quince días siguientes. En Italia, país en el que tanto el número de casos detectados como el de fallecidos era, en ese momento, considerablemente superior al de España, estas medidas llevaban ya una semana en funcionamiento.

La OMS alertó de que «su pandemia» se aceleraba y respaldó los confinamientos de la población como «la forma de parar el contagio del virus». Además, pidió «tácticas agresivas», como «testar todos los casos sospechosos, cuidar a los confirmados y asegurar la cuarentena de los contaminados».

El 26 de marzo, en España se registraban ya más de 57.000 casos de infectados y más de 4.000 muertos, según la oficialidad. El 4 de abril, el estado de alarma se prorrogó, hasta el 26 de abril, mientras el número de contagiados y de fallecidos, según alertaban los expertos oficiales (cuya identidad desconocíamos), seguía en aumento, y otro tanto sucedió el 22 de abril, ampliándose el confinamiento de la población hasta el 9 de mayo.

Nos iban administrando el confinamiento en una suerte de fases; así contenían nuestra rebeldía.

El objetivo, para los expertos, era «aplanar la curva» de contagios para evitar que el sistema sanitario se colapsara. Y las curvas se hicieron muy populares. Era un ardid del poder, una forma muy sencilla de hacer creer a los incautos que todos podían comprender la complejidad del asunto. Era como convertir en sabios a los inocentes. Y así fue como, poco a poco, según nos decían, fue produciéndose la ralentización paulatina del número de personas afectadas. La decisión de confinar a la población en sus casas ha traído numerosas consecuencias. Y no solo económicas, que serán inconmensurables, sino también psicológicas. De repente, todo lo que dábamos por hecho, hasta lo que parecía más insignificante, como dar un paseo o ir a tomar algo con los amigos, pasó a ser algo imposible. Fue prohibido. Y, por supuesto, a esta traba se añadieron el dolor provocado por la gravedad de la crisis sanitaria, la preocupación por nuestros familiares y amigos, y la angustia causada por las dramáticas cifras de fallecidos, las mayores registradas en tiempos de paz. Morían los ancianos y a sus familiares les prohibían velarlos.

¿Qué estaba pasando realmente? Era una situación inédita, muy difícil de sobrellevar. Los niños dejaron de ir al colegio y se pasaban las horas metidos en casa, sin que pudieran realizar juegos al aire libre. La actividad económica desapareció o, en el mejor de los casos, se ralentizó, y en España ni siquiera se permitía (sí lo hacían en otros países europeos) salir una hora al día a hacer un poco de ejercicio. Nuestra cotidianidad se dio la vuelta y nos aseguraban que la vida no volvería a ser la que conocíamos. Por si fuera poco, las dudas que creaban los datos oficiales de contagiados y fallecidos hacían que la situación se volviese aún más difícil de sobrellevar.

A finales de abril de 2020, según datos oficiales, cerca de 2,5 millones de personas habían sido confir­­madas como casos de coronavirus en todo el planeta. Estados Unidos era el país con la mayor cifra de contagios, con más de 600.000 casos y 31.000 muertes. España ocupaba el segundo lugar, con cerca de 185.000 contagios, seguida por Italia, con 168.000. Tras estos dos países se encontraban Francia y Alemania, con 147.000 y 137.000, respectivamente. Reino Unido se situaba alrededor de los 103.000.

Sorprendentemente, China, epicentro de la crisis unos meses atrás, reportaba 83.000 casos. ¿Todos esos datos eran reales o se estaban inflando de manera interesada para contribuir a algún fin que se ocultaba a la ciudadanía global?

El confinamiento de Wuhan…

El 23 de enero, las autoridades chinas decretaron el «cierre» de la ciudad de Wuhan. Llamativamente, un día antes habían salido los dos primeros infectados chinos por coronavirus hacia Italia.

La pregunta es inmediata: ¿cómo es posible que, conociendo la velocidad de propagación del virus, se permitieran vuelos internacionales desde el epicentro de la pandemia?

¿Por qué no se cerraron las fronteras en cuanto las autoridades sanitarias supieron lo que estaba en juego?

Algunos países sí lo hicieron, como Corea del Norte o Rusia. Dato sorprendente… Cabe preguntarse:

¿quizá porque son países que conocen y utilizan los mismos mecanismos de control y sabían que no debían permitir la entrada de ningún ciudadano chino sospechoso de haber contraído el virus?

Y lo que era aún más grave:

¿podrían ser los líderes y gobernantes de determinados países del mundo cómplices, en mayor o menor medida, del perverso ataque que estábamos padeciendo al aplicar ciertas políticas aconsejadas por “expertos”?

Las llamadas a la calma que presidentes y ministros, periodistas, celebrities y científicos hicieron en un primer momento y la posterior lentitud y la supuesta ineptitud a la hora de tomar soluciones evidencian que lo ocurrido, como poco, es un juego muy sucio. Y una última cuestión:

¿cómo y por qué la OMS ha permitido que se produzca semejante atentado contra la salud pública del planeta?

De momento, aportó un dato ofrecido por el periodista chino independiente Yuan Lee: el actual director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, tras su visita a China para valorar la situación de la pandemia, recibió 20 millones de dólares por parte del Partido Comunista Chino. …

Y China tiene el control Y, mientras tanto, China se hizo con el control absoluto de los materiales sanitarios imprescindibles para hacer frente a la pandemia. Ellos eran los principales proveedores tanto de test como de equipos de tratamiento y protección para los sanitarios, y se ignoró, de forma sospechosa, a los empresarios nacionales especializados en el sector.

¿Por qué? Fueron cientos las empresas chinas sin licencia las encargadas de vender al resto del ­mundo productos que en ese momento todos necesitábamos. Hablamos de un país en el que la corrupción y la falta de transparencia son «marca de la casa». Y España, como otros países, lo está aceptando. Cuál era la moneda de cambio? Las vidas de todos nosotros.

¿Cuál era el objetivo?

Un nuevo órden mundial, «una nueva normalidad».

EL PAPEL DE LA OMS:

Durante la segunda quincena de enero de 2020 se registraron casos de coronavirus en Tailandia, Japón, Corea del Sur, Vietnam, Estados Unidos, Francia, Italia, España…, todos ellos en personas provenientes de Wuhan o de alguna otra ciudad china.

Estados Unidos fue calificado como el país con más casos de coronavirus. El presidente estadounidense, Donald Trump, culpó a la OMS como responsable del desastre por titubear en su gestión y cometer errores que han costado la vida a centenares de miles de personas en el mundo. Además, la acusó de privilegiar a China en la crisis y de minimizar la amenaza del coronavirus durante las primeras semanas de su expansión. El epidemiólogo Bruce Aylward, que lideró la misión de la OMS a China en febrero para analizar los efectos de la pandemia, se defendió de estas acusaciones alegando que «China es un socio muy importante de la crisis. Su experiencia era absolutamente esencial y por ello trabajamos codo con codo con ellos.

Las denuncias contra la OMS no cesaban, pero los medios de comunicación masivos no las difundían, no nos daban voz. Somos muchos los periodistas y científicos que hemos criticado a la OMS por negligencia, inacción y corrupción.

¿Por qué la OMS y el PCCh no alertaron antes de la situación?

Si eran conocedores de la rapidez de la propagación del virus, ¿por qué no compartieron con el mundo lo que sabían acerca de la pandemia hasta el mes de marzo, cuando ya había casos de coronavirus en más de cien países?

¿Y existe el virus realmente?

Sin duda, tenían una estrategia oculta.

Autora: Cristina Martín Jiménez
Narcisistas al Descubierto.
Alejandro Ojeda.
Mexicali Baja California, México.

Publicado por Ojedatatt2

Espacio de información sobre el trastorno Narcisista de la personalidad y psicopatía.

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