LA TEORÍA DEL APEGO

Los bebés nacen con una necesidad universal de formar vínculos afectivos estrechos, para poder contar con estos en situaciones de peligro, miedo o angustia. Establecer esta relación es una necesidad prioritaria para el niño, puesto que de construirla eficazmente depende su supervivencia y seguridad.

Bowlby (1979) habló de la teoría del apego como una teoría de la regulación del afecto, donde en función de la sensibilidad del cuidador a las necesidades del niño, éste aprende una serie de estrategias para organizar su experiencia emocional y controlar sus sentimientos negativos. En los primeros momentos de vida, el bebé empezará a emitir conductas de apego (llorar, gritar, sonreír, tocar, buscar la mirada de la figura de apego, mantener la mirada) y estas serán respondidas por sus figuras de referencia de un modo u otro, dependiendo de su estilo, como veremos a continuación. Por ello, los niños irán ajustando la emisión de estas conductas para conseguir mayor eficacia en la cercanía de sus referentes, y obtener así su propia seguridad.

Se trata, por tanto, de una necesidad primaria en todo ser humano, y por eso requiere de una satisfacción. Bowlby (1989) indicó que los bebés requieren que sus necesidades sean satisfechas en un contexto afectivo para poder calmarse, protegiendo de paso así la integridad de su estructura cerebral al reducir la excitación producida por la necesidad.
También estableció que los vínculos formados en la niñez persisten en forma de modelos en el mundo representacional del adulto. Estos modelos formados en los primeros meses de vida poseen una tendencia a permanecer en el tiempo, estableciéndose así una relación entre los estilos de apego infantil y los estilos de apego adulto.

En definitiva, la manera en la que las figuras de apego se dirigen afectivamente al niño, le estimulan, interaccionan con él, la manera de responderle y de satisfacer sus necesidades, determinará las relaciones que el niño tenga posteriormente, sus conductas para mantener la cercanía y el afecto del otro, así como las representaciones que tenga de sí mismo y de los demás. Por tanto, las diferencias existentes en todas las conductas anteriores, darán lugar a definir varios estilos de apego. La forma habitual de clasificar los estilos de apego se asienta en la propuesta de Ainsworth, quien realizó una investigación denominada “La Situación Extraña”, donde el niño era sometido a una serie de separaciones y reencuentros con su figura de apego. Concretamente, el estudio contaba con un grupo de madres y sus bebés en un ambiente con el que no estaban familiarizados. Primero observó a los niños jugar, después los separó de sus madres durante un breve periodo, e introdujo una persona extraña en la escena. Por último, observó de nuevo la conducta de cada pareja cuando se volvieron a reunir. Gracias a los diferentes tipos de conductas que se manifestaban en los niños, el apego se clasificó en seguro, inseguro evitativo e inseguro ambivalente.

En primer lugar, los bebés seguros se volvían constantemente para comprobar que su madre seguía allí mientras ellos exploraban la habitación desconocida. Al quedarse solos, manifestaban una respuesta de estrés que se aliviaba tras el reencuentro. Cuando la madre regresaba después de haberse ausentado, el niño mostraba calma y alivio, tendiendo sus brazos hacia ella. Estos niños se distinguían de los otros por la facilidad con que la madre los consolaba y tranquilizaba cuando estaban afligidos.

En segundo lugar, los bebés inseguros evitativos exploraban el nuevo ambiente sin usar a su madre como una base. Ante la ausencia, no mostraron malestar, parecía no afectarles. Cuando ella regresaba, la evitaban o ignoraban, y actuaban fríamente. No buscaban el confort ni el contacto con ella. Por último, los niños ansioso-ambivalentes tendían a aferrarse a su madre y se resistían a explorar la habitación por sí solos. Cuando se iba la madre fuera, se excitaban mucho, protestaban enérgicamente y a menudo lloraban desconsoladamente. A su regreso, los niños por un lado buscaban entrar en contacto con ella, pero al mismo tiempo arqueaban enojados el cuerpo hacia atrás y se resistían a ser tranquilizados. No llegaban a calmarse en el reencuentro aunque las madres lo intentaran.

En resumen, los diferentes estilos de apego en los niños derivaron del trato recibido por su figura de protección, es decir, de la interacción entre madre e hijo, y de la sensibilidad y receptividad que mostraba la madre ante las señales del pequeño.

Del Apego Infantil al Apego Adulto

Los vínculos formados en la niñez persisten en forma de modelos en el mundo representacional del adulto, es decir, las experiencias pasadas con el cuidador son

incorporadas por el niño como referencia. Bowlby (1973) denominó esos modelos como “modelos internos activos”, y expuso que proporcionan prototipos para todas las relaciones futuras. Estos modelos influyen, por un lado, en el modo en el que un niño y posteriormente un adulto se siente con cada progenitor y consigo mismo, y por otro lado, en el modo en el que espera ser tratado y en cómo tratará a los demás. Tales modelos son relativamente estables a lo largo del ciclo vital (Collins y Read, 1994), por lo tanto tienden a mantenerse en el tiempo. La estabilidad del apego se demostrará por estudios longitudinales de niños evaluados con el procedimiento de la Situación Extraña, y con la Entrevista de Apego Adulto (George, Kaplan y Main, 1996) en la adolescencia o adultez.

A continuación se procede a ver en detalle las características de cada estilo de apego en la vida adulta. En primer lugar, respecto al apego seguro, los niños se irán convirtiendo en adultos abiertos, con alta autoestima y una imagen positiva de sí mismos y de los demás (Bartholomew, 1990; Bartholomew y Horowitz, 1991; Collins y Read, 1990; Mikulincer, 1998; Feeney y Noller, 1990; Hazan y Shaver, 1987). Muestran, además, ausencia de problemas interpersonales graves. Se sienten a gusto y seguros en las relaciones sociales, incluidas las de máxima intimidad. Desarrollarán la capacidad de identificar por un lado quién o qué les hace daño, y por otro lo que les genera bienestar, para alejarse o acercarse respectivamente de ello. Por tanto, son capaces de reconocer bien sus emociones. Además son personas que se sienten queridas, y por tanto, seguras para poder dedicar su tiempo a aprender y explorar, en lugar de buscar su seguridad en otros. No temen expresar su opinión, profundizar en el mundo de los demás o buscar ayuda en caso de necesidad, puesto que su seguridad está consolidada y confían en el apoyo que podrán recibir en el caso de que algo salga mal. Su modelo mental de relación se caracteriza por un sentido de confianza básico sobre la disponibilidad y accesibilidad de sus figuras de apego, según Mayseless (1996).

Respecto al apego evitativo, los niños se convierten en adultos con dificultades para confiar en los demás e intimar de manera auténtica. Una característica en este estilo de apego es que restringen o inhiben el reconocimiento de sus estados emocionales, mucho más si estos son negativos. La estrategia que utilizan es, por un lado la negación de las necesidades afectivas, y por otro la autosuficiencia emocional para mantener una imagen positiva de sí mismo frente al resto.
La interacción que estas personas mantienen con los demás es fría e instrumental. Consideran las relaciones interpersonales como algo secundario. Por tanto serán adultos con dificultades en el desarrollo de relaciones cercanas, íntimas, empáticas o confiables. Al no haber experimentado una aceptación fundamental en sus relaciones tempranas, no van a poder desarrollar adecuadamente confianza ni valía en estas. No demandan mucho de las relaciones ni tampoco invierten tiempo en cuestionarlas y definirlas. Si las relaciones sociales no están cargadas de mucha cercanía o dependencia, pueden ser relativamente estables.

Por sus malas experiencias, estas personas dan por sentado que si se vinculan con alguien genuinamente, sintiendo y expresando sin temor sus afectos, acabarán siendo rechazados. Ante eso, muestran una autosuficiencia emocional como mecanismo defensivo ante el posible rechazo que pudieran experimentar. Esta autosuficiencia, solo es una estrategia para manejar el entorno. Por otro lado, Bowlby (1980) interpretó el uso de la evitación en este estilo de apego como mecanismo de defensa. Esta desconexión cognitiva ante cierta información relacionada con el sistema de apego, es una estrategia que reduce su dolor.

La organización psicológica del adulto evitativo es diferente a la del niño. Mientras que en la infancia, la ausencia de conducta de apego es debida a un esfuerzo defensivo para evitar los sentimientos y pensamientos dolorosos, en el adulto es debido a una desactivación exitosa del sistema (Fraley, Davis y Shaver, 1998). Bowlby (1969) concluyó que en este estilo, el sistema de apego se encuentra desactivado.
Respecto al apego ambivalente, los niños irán convirtiéndose en adultos que muestran confusión respecto a las experiencias pasadas. Suelen presentar conflictos no resueltos con las figuras de apego y dificultades para tomar perspectiva en la reflexión sobre la influencia que sus relaciones tempranas han tenido en su desarrollo adulto.

La relación actual con los padres está marcada por enfado activo o pasivo, recordándoles como inaccesibles, injustos en sus conductas, y poco comprensibles en general (Hazan y Shaver, 1987).

Aparecen dificultades en el manejo de las relaciones interpersonales, en el disfrute de estas y en la manera de mantenerlas. Pueden mostrarse inestables respecto a la cercanía de personas allegadas, mostrando a ratos gran interés, y molestia en otros. Esto les hace fluctuar en diferentes estados de ánimo, pasando de estar animados a estar abrumados o absortos. Además, pueden sentir una percepción fuerte de abandono ante separaciones normales. La confianza se ve alterada. Sienten un gran miedo al abandono y se ven atrapados por sus distorsiones cognitivas. Su selectividad en focalizar lo negativo del otro, sus exigencias y sus reclamos pueden producir en los demás agotamiento y desagrado, lo que reforzará el sentimiento de abandono.

Respecto al estilo de apego desorganizado, el adulto parte de una infancia donde los comportamientos paternos han sido desestructurados y atemorizantes, lejos así de permitir al niño desarrollar una estrategia saludable para satisfacer sus necesidades de apego, causando gran desorganización en su comportamiento. Estas memorias, cuando se activan, producen que las experiencias tempranas y traumáticas de dolor, pérdida y abuso acumuladas en la memoria, generen expectativas negativas del presente y dejen poco espacio para disfrutar de experiencias positivas y gratificantes.
Fonagy (1999) señala que estas personas buscan desesperadamente cercanía física al tiempo que intentan crear una distancia mental. La incapacidad para crear estrategias de afrontamiento coherentes les conduce a experimentar una desorientación en su sistema de regulación afectiva. El apego desorganizado representa el patrón más disfuncional de todos, y con mayor problemática psicológica asociada (Mikulincer y Shaver, 2007).

LOS ESTILOS DE APEGO Y LA RELACIÓN DE PAREJA

Vínculos en la Infancia y en la Vida Adulta. Como hemos visto anteriormente, la construcción del vínculo de apego es el proceso mediante el cual la persona desarrolla y adquiere las capacidades y competencias emocionales necesarias para interaccionar sana y maduramente en las relaciones significativas. Si este proceso se ve afectado, existirán problemas para construir y mantener relaciones futuras placenteras, protectoras, satisfactorias o reconfortantes.

Si durante la infancia la seguridad, protección y supervivencia del niño dependen únicamente del vínculo con su figura de apego, en la vida adulta no es exactamente así. En la manera de reestablecer el equilibrio emocional, son evidentes las diferencias entre el modo de conseguirlo en la infancia y en la adultez. El adulto podrá calmarse, por ejemplo, planeando encontrarse con un familiar, amigo o con su pareja. La mera anticipación de que ese momento va a llegar, puede calmarlo (excepto si no ha experimentado nunca la sensación de ser calmado, porque entonces el adulto no podrá llegar a ese estado de equilibrio, ni confiar en el resto para conseguirlo).
Otra diferencia que se podría valorar es que, cuando el niño ya es adulto y está fuera del entorno de protección familiar, cuenta con capacidades para cuidar de sí mismo, pero siendo realistas esto quizá no puede hacerse siempre o en todas las circunstancias. Es por ello que en las relaciones más íntimas recae mayor demanda o espera de cuidado, como en la relación de pareja. Siguiendo en estos escenarios análogos, otra diferencia es que en el vínculo infantil la relación es unidireccional, es decir, los adultos son los únicos responsables del bienestar del niño. Sin embargo, en el vínculo adulto la relación de apego es bidireccional, ya que ambos son en parte responsables del cuidado del otro, y del proyecto común. De esta manera, el adulto adquiere cierto control sobre la situación, que en la infancia no tenía.

Ansiedad y Evitación

Bartholomew (1990) habló de cómo influyen las imágenes que uno tenga de sí mismo y del otro, en la calidad de las relaciones. Es decir, tener una imagen positiva o negativa de uno mismo, conllevará a percibirse como alguien merecedor o no de cariño y apoyo. Por otro lado, tener una imagen positiva o negativa del otro, hará percibirle como alguien confiable y disponible, o como alguien poco fiable y rechazante.

Posteriormente, Bartholomew y Horowitz (1991) desarrollaron un modelo de las cuatro categorías de apego, incorporando dos nuevas dimensiones: la ansiedad ante el abandono y la evitación de la cercanía. Aunando todo lo anterior, se especifican a continuación las características de cada estilo.

En el apego seguro, aparece una idea positiva de sí mismo y de los demás, mostrando por tanto baja ansiedad y baja evitación ante el contacto e intimidad.
En el apego evitativo, aparece una idea positiva de sí mismo y negativa de los demás, por lo que manifiesta baja ansiedad ante el abandono pero alta evitación al contacto.
En el apego ambivalente, aparece una idea negativa de sí mismo y positiva de los demás, provocando alta ansiedad ante al abandono y baja evitación.
Y por último, en el apego desorganizado, aparece una idea negativa tanto de sí mismo como de los otros, asociada entonces a una alta ansiedad ante el abandono y una alta evitación al contacto.

En la Intimidad

Un factor importante que influye en el curso y en la calidad de la relación de pareja es el comportamiento en la intimidad. Las dificultades en este plano pueden llevar al rechazo, aislamiento o fin de la relación. Así, se establece una relación entre la capacidad de intimar y los diferentes estilos de apego.
Por un lado, las personas seguras se sienten cómodas con la intimidad y se asocian a una alta satisfacción sexual, preferentemente en el marco de una relación íntima de larga duración, mostrando por tanto, menos probabilidad de mantener relaciones sexuales fuera de su relación de pareja.
Por otro lado, el concepto de intimidad choca por completo con el estilo de apego evitativo, ya que se caracteriza por una falta de expresividad emocional, frialdad, distancia hacia su pareja y por una tendencia a evitar la cercanía. Su incapacidad para percibir las señales y necesidades de la pareja, hace que sean ineficaces a la hora de cubrir las necesidades del otro. Se sienten cómodos en relaciones sexuales esporádicas y sin compromiso. Muestran mayor promiscuidad, valoración del sexo sin amor o fantasías sexuales fuera de la pareja.

Evitan, por tanto, el contacto que implique intimidad emocional, mostrando menor frecuencia de conductas sexuales dentro de una relación. La elevada evitación afectiva ha sido asociada con un menor sentimiento de satisfacción en la relación sexual propia y en la de la pareja (Butzer y Campbell, 2008).

Las personas con estilo ambivalente actúan de manera inapropiada y prematura en las relaciones íntimas. Utilizan el sexo como búsqueda de proximidad, es decir, para mantener cerca e implicada a la pareja. Ofrecen un cuidado caracterizado por la sobreimplicación (Kunce y Shaver 1994), lo que unido a su dificultad para salir de sus propios sentimientos y necesidades de atención, hacen que, a pesar de estar motivados a ofrecer apoyo, resulte intrusivo e ineficaz.
Por último, las personas con apego desorganizado han tenido en el pasado experiencias íntimas tan atemorizantes y dolorosas, que han aprendido que toda interacción es peligrosa, por lo que piensan que cualquiera va a herirles. Esto les sitúa en una posición de control desde lo agresivo (haciendo daño), o desde lo sumiso (sometiéndose a los deseos del otro).

Situaciones Conflictivas

El conflicto es una de las situaciones capaces de activar el sistema de apego en la edad adulta (en concreto, el componente de búsqueda de proximidad). En este sentido, el estilo de apego va a influir tanto en el tipo de conflicto que se genere en la relación, como en la manera de solucionarlo.
Las personas con apego seguro utilizan estrategias de resolución de conflictos más constructivas, basadas en la integración y en el logro del compromiso. Sin embargo, los estilos inseguros presentan relaciones más conflictivas.

El

estilo evitativo, por ejemplo, en su intento por mantener distancia emocional, utiliza estrategias de evitación del conflicto. Para ello, o bien minimiza la importancia de lo ocurrido, o bien desvaloriza a su pareja.
Respecto al estilo ambivalente, presentan más conflictos debido a la ansiedad ante el abandono o percepción de amenaza a la estabilidad de la relación. Además, estas personas muestran un estilo dominante de respuesta al conflicto, utilizando estrategias más hostiles en el manejo del problema y una falta de negociación mutua. Respecto a la violencia, está demostrado que la ausencia de contacto y la falta de cuidados hacen que el cerebro produzca más adrenalina, lo cual predispone a la persona a comportamientos más impulsivos y agresivos. Los procesos de apego, por tanto, van a influir en la expresión funcional o disfuncional de la ira, en la existencia de violencia doméstica o en pareja, en el comportamiento antisocial, o incluso en la violencia entre grupos (Mikulincer y Shaver,
2011).

Varios estudios argumentan que los agresores de pareja, en comparación con sujetos no violentos, presentan poca estabilidad emocional y gran ansiedad frente al rechazo o abandono de su pareja. Tras realizar pruebas de evaluación, estos agresores muestran un estilo de apego inseguro (Lawson, 2008; Mayseless, 1991).

La Separación

Las emociones que mostraban los niños como consecuencia de la pérdida de sus figuras de apego, son muy parecidas a las que aparecen en situaciones de divorcio o separación (miedo paralizador, rabia hacia la persona que sienten que les ha abandonado, tristeza o sensación de soledad entre otras). El divorcio o la separación pueden reactivar alejamientos anteriores no resueltos respecto a las figuras de apego, lo cual provocarán un aluvión de sentimientos negativos.
Como ejemplo, el sujeto evitativo suprime sus emociones ante la separación de pareja, mostrando menos estré

s tras la ruptura. La evitación en este caso se caracteriza, no por una baja reactividad fisiológica, sino por una disociación entre las manifestaciones fisiológicas y la percepción subjetiva. Las personas ambivalentes, sin embargo, son habitualmente las más afectadas por una ruptura de pareja.

Narcisistas al Descubierto

Publicado por Ojedatatt2

Espacio de información sobre el trastorno Narcisista de la personalidad y psicopatía.

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